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Teléfonos de Villa Elisa

 



La guía telefónica de Villa Elisa: 28 teléfonos en 1922

Interesante descubrimiento es esta página publicada en El verde de los teléfonos-Guía no oficial- Por nombres, gremios calles y números-Año 1922. Fue editado por la empresa The Standard Directory Co., según se cita en la misma página, publicado en Facebock por Mariano Gaudino (vecino de Villa Elisa).

Se presenta una nómina de abonados, como se decía entonces para referirse a quienes tenían una línea telefónica, de 1922.

Podemos leer cómo este listado da cuenta del entramado social de lo que fue Villa Elisa y el dinamismo que provocaban los cambios que iban ocurriendo en el país y en esta comunidad. Para mencionar algunos ejemplos, del trabajo rural en los orígenes, hasta los avances tecnológicos y de la industria y la consecuente generación de empleo, a las leyes laborales: el trabajo en las Estancias de la zona (Pereyra Iraola, Bell), la instalación de la Planta receptora de Transradio Internacional (1924), donde trabajó mi padre y ejerció su labor gremial, también hay que mencionar las empresas fabriles como OFA (1948), la misma Unión Telefónica, por sólo mencionar algunos hitos, que propiciaron la movilidad social de los habitantes, convocaron a otros a afincarse en el pueblo y no sólo para elegir un lugar de descanso y deleite, sino también para obtener empleo.

También, como dato curioso, una nota al pie dice que no figuran los números 7 y 13. ¿Seguramente sus usuarios preferían permanecer en el anonimato? no lo sabremos.

Si recorremos la lista encontraremos a nuestros conocidos o familiares, familias antiguas de la zona. También, podremos observar quiénes disponían de línea telefónica entonces: instituciones como la Delegación Municipal, el colegio de Monjas María Teresa fundado por la familia Pereyra Iraola en terrenos de su propiedad, profesionales y comercios de la época (el renombrado almacén de Don Quinto Gaudino frente a la Plaza, por ejemplo) y apellidos de familias adineradas o incluso pertenecientes a la oligarquía del país que residían en Villa Elisa o tenían sus casas de verano allí. 

Se citan apellidos como  Ayerza (donde mi abuela paterna María Ana Mac Britton de Boland trabajó como planchadora), Uriburu (por la fecha se trata del hijo de Francisco Uriburu, dueño de la residencia conocida como “el castillo”, que fuera Ministro de Dardo Rocha, fundador de la ciudad de La Plata). Además de los ya citados Pereyra Iraola (donde mis abuelos paternos fueron puesteros y mi abuelo Tomás Boland cuidó de los animales que se exponían en la Sociedad Rural, llamado por algunos el primer veterinario sin título) y la familia Bell (en la zona hoy conocida como El Rincón), ambas familias eran propietarias de los campos que rodeaban al pueblo.

Recordemos que  hacia fines de siglo XIX y comienzos del  XX, cuando se realizan loteos, Villa Elisa por su clima y paisaje se promocionaba como lugar idílico para disfrutar de la naturaleza y el descanso, además de la proximidad con la reciente creada capital provincial, la ciudad de La Plata. Esos eran terrenos de grandes dimensiones, donde después se construyeron mansiones y palacetes, como era moda entre la “alta sociedad” de entonces, ubicados en la parte privilegiada en torno al eje fundacional del pueblo en crecimiento.

Mi bisabuela paterna, Carolina Issel de Mac Britton se afincó en la zona cuando adquirió un pequeño terreno en 1900. Con ella vivieron mis abuelos y sus once hijos, uno de ellos mi padre Martín Antonio Boland, “Kaiser”. Nos contaron que Doña Carolina enseñaba los rudimentos de la escritura y la lectura, desconozco si era maestra con título, pero sabemos que estaba alfabetizada cuando ingresó al país proveniente del puerto de Hamburgo.

También cuentan que Doña Carolina fumaba en pipa y tenía un trabuco para su defensa personal. Eran pocos los habitantes de Villa Elisa en aquella época, todos se conocían.  Y en esa casa rancho de adobe no había línea telefónica.

Un poco de historia: la compañía que brindaba el servicio se llamaba Compañía Unión Telefónica, cuya sede central estaba en la calle Defensa 143 de la Ciudad de Buenos Aires.

La Unión Telefónica del Río de la Plata (United River Plate Telephone Company) había surgido en 1882, de la fusión de las primeras empresas de telefonía de la Argentina: la Société du Pantéléphone (francesa), la Compañía de Teléfono Gower-Bell (inglesa) y la Compañía Telefónica del Río de La Plata (norteamericana).

El 4 de enero de 1881 instaló el primer teléfono del país, en la residencia del entonces ministro de Relaciones Exteriores, Bernardo de Irigoyen. El mismo día también se instalaron otros teléfonos en las residencias del presidente de la Nación entonces, Julio Argentino Roca en la calle Rivadavia 1783; del presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, Marcelo Torcuato de Alvear; del Ministro de Guerra y Marina, general Benjamín Victorica, y en instituciones como la Sociedad Rural, el Club del Progreso y el Jockey Club. Todos espacios y personalidades de la época que solían frecuentar la residencia de Uriburu en Villa Elisa.

En 1929 pasó a manos estadounidenses al ser adquirida por la International Telephone and Telegraph company (ITT).

En 1946, con la nacionalización de los servicios durante la presidencia Perón  se llamó Empresa Mixta Telefónica Argentina (EMTA, donde el 51% pasaría al Estado y el 49% quedaría en manos privadas, de ahí el nombre). En 1948 el Gobierno la rebautiza como Teléfonos del Estado.  En 1956 se le cambió por Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel) hasta que el Gobierno de Carlos Menem, durante la década del ´90 dispuso su privatización total y la prestación de los servicios quedó en manos Telecom (Región Norte) y Telefónica (Región Sur) hasta la actualidad. (Salvo un breve lapso de 1960 en el que se llamó Empresa Nacional de Teléfonos).

Mi madre, Elisa Ángela Bogoni, que había nacido en 1923 y era oriunda de City Bell, se trasladaba a Villa Elisa para trabajar en las oficinas de la Unión Telefónica, primero en Villa Elisa y luego viajaba a La Plata. Ella que fue empleada de la empresa desde 1942, tuvo oportunidad de vivir casi todas las etapas, de la compañía internacional a la nacionalización, de la operadora al teléfono automático, a la reducción de horas laborales, a la participación a las ganancias y de vuelta, la privatización fraudulenta…

Conoció a mi padre, cuando aún trabajaba en Villa Elisa, se casaron en 1951 y vivieron siempre allí. Cuando se casaron solicitaron una línea, pero no había disponibilidad.  En la casa familiar tuvimos nuestro teléfono en 1973, cuando yo cumplía quince años.

 


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Sueños en pandemia

 

Sueños I



                                                                                                                           Reconstrucción precaria 1

Anoche, por primera vez en la pandemia, tuve un sueño agradable y no una pesadilla. En ese sueño observaba una maqueta de orquesta de cortas dimensiones, con instrumentos construidos en madera, sobre una plataforma, también de madera, muy artesanalmente hecha, del tamaño de una baldosa de cuarenta por cuarenta centímetros… pero sonaba muy bien, como una cajita de música, por el volumen, pero mejor, menos ingenua, con un sonido más parecido a los instrumentos de verdad, aunque eran pequeñas piezas que golpeaban suavemente la madera, madera con madera y sin embargo era música. Sonaba como Pugliese o Fresedo. Pero no había músicos, eran sólo los instrumentos.

 Yo miraba atentamente, hacía mucho que no veía algo así tan bello y tan simple.

Mientras yo miraba, a mi lado Lucrecia Martel contaba a un grupo de personas que esa orquesta se la había fabricado su papá cuando era una niña, eso alcanzaba a escuchar, de costado y luego, oía detalles más técnicos que explicaban el funcionamiento, pero eran un murmullo que no alcanzaba a entender.

Igual seguía mirando atentamente la maqueta…hasta que unos golpes a la puerta me sacaron del plácido momento y de saber más sobre cómo se producían esos leves movimientos mecánicos que resultaban en música…tuve que levantarme, era el muchacho para desinfectar la casa.



Reconstrucción precaria 2




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Antepasados irlandeses


Antepasados irlandeses


Mi relato familiar de Los que bajaron del Vanguard



Siempre me interesó buscar los orígenes de mis ancestros paternos. Mucho más cuando era joven y necesitaba tener esa información que se silenciaba en la casa familiar o simplemente no se comentaba, nunca sabré del todo, quizá no era trascendente para ellos en esa época.

Sabía del origen irlandés de la familia, conocía nombres y filiaciones, pero no había ningún relato ni información precisa.

Por el año 1987, comencé a viajar más asiduamente a Buenos Aires, por temas de estudio, trabajo, amistades. Un día caminaba por una calle que en mi recuerdo era Ayacucho, pero no lo puedo confirmar, vi una librería y entré. Un libro enorme, mecanografiado, Los irlandeses en la Argentina, de Eduardo Coghlan. Lo abrí, era un catálogo de nombres, y busqué en la letra B, incrédula, y allí una página decía Thomas Boland (mi apellido) y sus datos de nacimiento en Irlanda y descendientes en Argentina, entre ellos mi abuelo. ¡Gran emoción! Por fin un dato cierto.

De paso, no quiero dejar de agradecer a Coghlan por su inconmensurable tarea de recopilación de todos los irlandeses que ingresaron al Puerto de Buenos Aires, en una época en que no se contaba con la ayuda de la tecnología como ocurre hoy.

Mi padre no hacía demasiada referencia a sus familiares y orígenes. Pocas cosas supe por él mismo, por ejemplo que mi abuelo hablaba inglés con sus primos cuando llegaban de visita y que lo hablaba con Matilde, la hija mayor, hasta que murió, y murió muy joven. Después no habló con nadie más. Mi papá que era muy chico entonces, me decía que recordaba el sonido de esa lengua que no entendía y me lo reproducía, para él había sido como un zumbido entre labios; cuando se lo mencioné a Claudia L., mi analista desde hace años, dijo “como la música”, en relación a un texto de James Joyce*. Como dije, no hablaba del tema familiar, sin embargo, pocos días antes de morir y estando internado, algo dijo y con una convicción inusitada para él, cuando una enfermera amablemente le preguntó el origen del apellido. Él afirmó con la fuerza que le quedaba, “irlandés, no inglés, irlandés”.

El gran libro de Coghlan ya no lo tengo, por eso no puedo verificar la cantidad de páginas que tenía, tiene. Quizá novecientas páginas, no creo exagerar y un formato cuadrado como una gran baldosa, con tapas de cartulina color sepia. Inolvidable. Las letras como de máquina Olivetti, imaginé a Coghlan tipeando cada apellido…

Como dije antes, ya no lo tengo. El libro era un hallazgo que más tarde muchos quisieron consultar. Cuando todavía vivía en La Plata y me acerqué a la comunidad irlandesa, otra integrante, Patricia… no recuerdo ahora su apellido, me lo pidió y se lo presté. Creo que le gustaba tanto consultarlo que ya no quería devolvérmelo. Fui a buscarlo a su casa y no atendió a mi llamado, yo sabía que no estaba bien de salud. Al tiempo, falleció y ya no pude recuperar el libro. De todas maneras, había ya confirmado lo que necesitaba.

Mi primer contacto con la comunidad irlandesa fue después de la muerte de mi papá. Mi terapeuta de entonces, Yudith G., me conectó con otra paciente suya que integraba la comisión allí en La Plata y fui muy bien recibida. Mi contacto, Buby Slevin,  fue como encontrar una tía compinche. Ella me bautizó Lizzie, como le decían a una tía de ella que también se llamaba Elisa y quería mucho. Allí volví a encontrar un humor familiar y los ojos de mi padre. Con ellos participé de los eventos de la comunidad nacional y me integré, gracias a esos primeros contactos, a la comunidad en la Ciudad de Buenos Aires cuando me mudé.

Con el tiempo fui reuniendo la información que tenía más cercana de los familiares. Poco antes de mudarme a Buenos Aires, me llegó una carta de Santiago Boland, de Bahía Blanca, donde proponía a los descendientes de los primeros Boland que llegaron al Río de la Plata organizar la información y reunirnos en lo que él llamó “Festiboland” para celebrar los 150° de la llegada al Río de la Plata, eso fue en 1999.

Como bien dice Santiago en una de sus publicaciones, asistí a los dos Festiboland que se realizaron, uno en Bahía Blanca y el otro en Ciudad de Buenos Aires. Y como agrega, en mi carácter de bisnieta del Thomas Boland, nacido en Thurles, Tipperary, Irlanda y que podría ser familiar de su antepasado John, según Coghlan.

Fueron muy interesantes esos encuentros y de gran diversión. Conocí a gente maravillosa con parentescos lejanos o ninguno,  pero que en esos días nos llenaron de alegría compartida. Con algunos de ellos sigo en contacto y nos une el afecto. Santiago había trabajado mucho para esa celebración, para que nos sintiéramos felices del encuentro y para promover las próximas investigaciones, por supuesto él con mayor perseverancia que el resto de nosotros, porque el tema le atraía especialmente.

En mi caso, junto a etapas de búsqueda y alegría por algunos descubrimientos convivían otras etapas de distanciamiento. Si pienso en mis comienzos, las búsquedas eran más trabajosas, todo “tracción a sangre”. Visitar alguna parroquia, alguna iglesia o cementerio. Todavía tengo presente la compañía de Mary Deane, otra descendiente de irlandeses, encargada de la parroquia de Arrecifes, y su ayuda para revisar libros del siglo XIX, donde se anotaban los eventos familiares de los habitantes de la zona. Intercambios de cartas, algún mail o llamado telefónico.

Años después, la tecnología facilitó las gestiones, pero los avances tecnológicos no coinciden con los tiempos internos de querer saber y con los contextos que vamos atravesando. Pérdidas familiares, problemas que resolver, en fin, la vida y sentimientos que van señalando las prioridades.

No recuerdo el año exactamente, seguro ya había pasado el primer Festiboland del año 99, por actividades y personas que recuerdo de esa época. Una noche recibí el llamado de Daphne Spantom, una señora mayor, que vivía en la Ciudad de Buenos Aires, a quien no conocía. Por esos años yo hacía reseñas de libros para niños, por mi actividad en la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil (Alija) para el diario La Nación. Daphne vio mi nombre y recordó que siendo ella muy chica había conocido a una mujer que se llamaba como yo, pero que había nacido en 1866 y era hija de William Boland, según sus registros, uno de los que vinieron de Irlanda. (Aún hoy desconocemos el nombre de la madre, sólo sabemos que creció con la familia Pirán en Magdalena).

Yo no contaba con información fehaciente para observar un vínculo entre nosotras. Podemos tener mucha información, pero se necesita contar con algún dato revelador para poder hacer el cruce y verificarlo. Eso lo fui aprendiendo con el tiempo. Nos apenó de algún modo no encontrar cuál era nuestro parentesco.

Daphne me entregó copias de sus anotaciones a mano en hojas tamaño oficio y grandes letras manuscritas y hace unos años las volqué en la computadora. Por eso también estuvo en suspenso la información que me pasó. Sé que con ella también conversó Santiago e intercambiaron información y a su casa también fui con Gervasia y Sandra Vilgré, descendientes de John,  la misma rama que Santiago, para que me ayudaran a analizar los datos.

Desde aquel momento, continué mi vínculo con la comunidad, colaboré con The Southern Cross, en compañía de Teresa Deane Reddy, Inés Herrero y Carlos Lennon y también me alejé. En 2018 supe de un grupo de integrantes de la comunidad, más afín a mis intereses, “Irlandeses Nac&Pop”, y me sumé. Así fue cómo, en la última reunión que compartimos, conocí a María Cecilia Mendoza Ferrero. Me contó sobre la página “Los que bajaron del Vanguard”, iniciativa de Santiago Boland, donde se sumaban esfuerzos para la investigación y de sus hallazgos familiares. Me pareció una idea excelente la de hacer de esa llegada de irlandeses algo colectivo, donde se buscara información sobre los que viajaron en el mismo barco y llegaron juntos a la Argentina.

María Cecilia Mendoza Ferrero me facilitó herramientas de búsqueda, ella misma me acercó datos y así recuperé el entusiasmo de las búsquedas nuevamente.

Gracias a estos nuevos rastreos con su ayuda armamos la hipótesis de que Thomas Boland que llegó en el Vanguard en 1849, nacido en Irlanda en 1836, según Coghlan, y que contaba en ese momento con 13 años podría ser el hijo, sin nombrar en el registro, de Edward Boland, otro de los que llegaron y del que disponíamos de información suelta. De Edward y de su esposa Elizabeth, de la que ahora sabemos su apellido O´Brien, pudimos comprobar el vínculo entre sí y que fueron padres de José y Eduardo, una vez afincados aquí en Argentina (según Actas de Bautismo).1

Por las listas del Vanguard publicadas por Santiago Boland y los listados de los que ingresaron al Puerto de Buenos Aires aquel julio de 1849, pudimos comprobar lo que Coghlan mencionaba en su libro. Allí consta que Edward Boland y Elizabeth, su esposa y un niño, “Wife Edward y With a child”. Pensamos  niño innombrado sería Thomas, mi bisabuelo, que en ese momento contaba con 13 años, nunca antes había calculado su edad, aun teniendo fecha de nacimiento en Irlanda, 1836. Con ellos también figuran los nombres de John Boland (1818), de quien desciende Santiago y William (1827). Quienes serían hermanos entre sí, según investigaciones de Santiago Boland de los últimos años: “corroboré en las fuentes que el Vanguard trajo cuatro Boland adultos y un niño: John Boland, mi bisabuelo, sus hermanos Williams y Edward, la esposa de este, Elizabeth y el hijo de ambos. Abuela Margaret Moran llegó el 17 de febrero de 1850, a bordo del bergantín Libra.” (Para más información ver su Blog http://vanguard-23-07-1849.blogspot.com/)

Como opina María Cecilia, todo indica que hay un alto porcentaje de que ese niño sin nombrar, hijo de Edward y Elizabeth, sea Thomas, mi bisabuelo, pero para terminar de corroborarlo necesitamos ver más documentos. El que sería relevante y no hemos podido consultar por internet, es el Acta de Matrimonio del propio Thomas, casado en Quilmes en  1859 con Kathleen o Catalina Garrahan, también nacida en Irlanda, en 1835. Allí, como en todas las actas de matrimonio figura el nombre de los padres, con lo cual comprobaríamos si nuestras ideas son ciertas, pero eso será cuando finalice el aislamiento y podamos trasladarnos a la ciudad de Quilmes. (Otra búsqueda que me interesa es sobre Catalina la esposa, mi bisabuela, de la que no tengo más datos y la misma Acta podría aportar el nombre de sus padres).

Si fuera como estamos pensando, se abren caminos más claros, al menos para mí, de cómo son las filiaciones.

Repaso: De John Boland, luego casado con Margaret Moran, desciende Santiago Boland. De William, el padre de mi tocaya Elisa, supimos que tenía tres hermanas que llegaron un año más tarde, en 1850, en el Bergantín Libra, Alice casada con Mac Grath, Mary casada con Doyle y Margaret casada con Kehoe (según testimonios de Daphne que pude reinterpretar), donde también viajó la futura esposa de John. De  Alice, descendía Daphne Spantom de Pucci (era su bisabuela).  En mi caso, sé que desciendo de Thomas Boland (era mi bisabuelo)2 y, de comprobarse que era hijo de Edward Boland, casado con Elizabeth O’Brien, habremos hallado a mis tatarabuelos Edward Boland y Elizabeth O’Brien , y mi parentesco con los demás descendientes.

 

Notas

*En: Romana Paci, Francesca. James Joyce, vida y obra. Nexos. “Que padre Dante me perdone, pero yo he arrancado de esta técnica de la deformación para alcanzar una armonía que vence nuestra inteligencia, como la música. ¿Os habéis detenido junto a un río que fluye? ¿Seríais capaces de dar valores musicales y notas exactas a aquel fluir que os llena los oídos y os adormece de felicidad?”

1- María Cecilia Mendoza Ferrero posteó luego de los descubrimientos:

“Hacer genealogía en tiempos de Internet es como tener un cofre lleno de tesoros a nuestra disposición. Los únicos obstáculos que se presentan son la impaciencia y la falta de método. Gracias a www.familysearch.org, a un buen programa de gestión de árboles genealógicos y a la incontable cantidad de webs y blogs dedicados a la diáspora irlandesa, pude llegar a algunas certezas y plantear nuevos interrogantes sobre mi origen.

Cuando logramos el contacto con una nueva o nuevo descendiente de los pasajeros del Vanguard se producen descubrimientos de documentos inéditos y se reinterpreta información que ya teníamos. Las charlas de los últimos días con Elisa Boland han sido muy enriquecedoras y entre otras cosas ella trajo a cuento una referencia dada por Julia Mc Inerny sobre las memorias de su bisabuelo Edward Robbins. Las busqué en el libro de Murray "Devenir irlandés" que ya hemos transitado en este espacio. Siempre resulta oportuno ejercitar la memoria para no olvidar nunca la tragedia vivida por el pueblo irlandés y el padecimiento de las familias concretas (nuestras viejas familias), cuando alguien dijo, como Edward, "comencé a pensar en dejar Irlanda".

“¡Noticias de los pasajeros del Vanguard! Como es sabido, la búsqueda de los descendientes de los pasajeros del Vanguard fue una iniciativa de Santiago Boland, descendiente directo de John Boland (Ver su Blog http://vanguard-23-07-1849.blogspot.com/). Con John vinieron otros Boland que se presumen sus hermanos, William y Edward, este último con su esposa Elizabeth (no se consigna apellido de soltera) y su innominado hijo ("with a child"). Pues bien, según parece estamos corroborando la hipótesis de que ese niño fue Thomas Boland, bisabuelo de mi amiga Elisa Boland! Thomas más tarde se casó con la irlandesa Catalina Garrahan con quien tuvo varios hijos. Aquí se muestra el acta de bautismo de uno de ellos, Tomás, en 1861 en Chascomús. Bienvenida Elisa! Agosto 29/2020”

2- Ésta es mi línea confirmada: Thomas Boland Condado de Tipperary, Irlanda, 1836. Según libro de Coghlan llegó al Plata el 23 de julio de 1849 a bordo del Vanguard, procedente de Dublín. Censado en Salto, Pcia. BsAs, 1869. Muere en Quilmes, Pcia.BsAs, 30/3/1903 (Cementerio de Quilmes ahora corresponde a Ezpeleta). Casado alrededor de 1859 con Kathleen Garrahan nacida en Condado de Longford, Irlanda, 1835 Muere en Buenos Aires 11/8/1925. Padres de:

Tomás Boland y Garrahan nació el 28/10/1861 en Lobos, Pcia. BsAs,  Bautizado el 7/12/1861en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, Chascomús, PBsAs, 7/12/61. Residió en San Andrés de Giles, San Antonio de Areco, Carmen de Areco y en el Sur de Buenos Aires hasta 1920. Muere el 28/10/1936 en Villa Elisa.

Casado en 1ras. Nupcias con Francisca Villegas nacida en 1876 en Buenos Aires + en Quilmes en 1897. Censados en Quilmes en 1895.

Casado en 2das. Nupcias el 7/3/1900 en Quilmes (Partido) con María Ana Mac Britton e Issel , n. Quilmes 1877 vivía en el Cuartel Sexto (Villa Elisa), +Villa Elisa 2/8/1948, hija de Michael o Miguel MacBritton (Irlanda, 1831-Cañuelas,1891) y de Carolina Issel (Hamburgh, 1842-Gral. Rodríguez, Prov. BsAs, 1919). Padres de 11 hijos, entre ellos mi padre:

Martín Antonio Boland y Mac Britton Villa Elisa, 11.1.1914+La Plata, 14.2.1991. Casado con Elisa Angela Bogoni y Zanoni en 1951. Nacida en City Bell 11.12.1923+Villa Elisa, 18.11.2016.

Padres de:

-Elisa Boland y Bogoni nacida en Arrecifes, 25.6.1957 (27 en los documentos), vive en Ciudad de Buenos Aires, casada con Héctor Horacio Zablajáuregui y Marchelli, América, Pcia. de Buenos Aires, 10.5.1955. Residen en Ciudad de Buenos aires.

-Martín Mario Boland y Bogoni nacido en Arrecifes, 8.11.1959. Reside en Villa Elisa.

*Ahora me encuentro ordenando los datos de los hermanos de mi abuelo y los hijos y por tanto primos de mi padre. Uno de ellos, Santiago Boland y Ryle a quien conocimos y vivía en Berisso Pcia. de Buenos Aires, donde actualmente residen los descendientes.

 

 


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Cuarentena 2020


Un silencio de perros


Me asomo a la ventana. Son las veinte horas, parecen las tres de la madrugada. Un hombre caminando con un perro.

A la mañana, alcanzo a ver cómo se va armando, lentamente, la fila de espera para entrar al supermercado. Ausencia de ruidos habituales.

Día dos, el mismo silencio de ayer. Puedo oír el sonido de las hojas que caen y se mueven en el asfalto por una brisa que apenas se levanta y las levanta y las hace caer otra vez. Un joven y su perro negro pasan. Otro joven, otro perro, mira hacia el supermercado y se detiene a conversar con el empleado de la Seguridad.

Esta mañana una mujer con su perro o perra, no puedo distinguir desde el tercer piso, van por la vereda de enfrente.

Dijeron por Facebook que abandonaron perros en otro barrio, también dijeron que roban perros para poder salir a la calle o los alquilan.

Día tres. Un hombre camina con dificultad, igual que su perro, están viejos los dos. Vienen por la avenida, veo que un niño viene caminando con un cócker blanco y negro por la calle a paso rápido, casi corriendo, calculo el tiempo y la distancia y creo que se cruzarán cuando lleguen a la esquina. Efectivamente, se cruzan justo en el ángulo, siguen, uno lento, el otro rápido.

Una mujer con dos bulldog francés, camina muy despacio llevando uno a cada lado con largas correas, nadie más que ella y sus animales. Avanza  por la zona de penumbra de la vereda. Se aleja.  La sigo con la mirada, se pierde en la oscuridad.

Me gusta ver la copa de los árboles y sentir el aire que entra a la habitación. No hay mucho más… o cerrar los ojos y evocar otro paisaje.

Mañana del cuarto día. Temprano. Una mujer pasea a su caniche blanco. Hace calor, como en una mañana de verano. El tiempo transcurre sin preguntarme, no me pesa.

¿Qué día es hoy?

A veces leo, pero la lectura en este momento no es refugio, ni salvación, ni evasión, ni compromiso con el tema que nos toca. La lectura ahora es ir y venir, espiar. Las lecturas son ¡Eurekas! fugaces. 

Son las nueve y algo más de la noche, ya fueron los aplausos, hora de comer.  Estoy en la cocina. Parece la madrugada, silencio enorme. Se oye el ladrido de un perro a lo lejos, como en el campo, pero estamos en el centro geográfico de Buenos Aires. Arturo, nuestro labrador negro, estaba sobre su colchón, levantó la cabeza y se puso atento, volvió a echarse. Creo que está aburrido.

Cuando todo comenzó, estuvo desconcertado los primeros días, su rutina de paseo con la manada se interrumpió y él quedaba en “modo espera” por un rato largo. Después se acomodó a la nueva rutina.

Hoy saqué  a “pasear” a Arturo. Caminamos unas dos o tres cuadras, por calles solitarias, formidable viaje. Me animó salir, sentir el aire y el sol, pero especialmente acompañada por el perro. Él supo hacer de ese recorrido tan necesario algo más normal, le quitó un poco de inquietud y velocidad a mi estar en este mundo. Él se demoraba oliendo y cumpliendo con su fisiología, sin apuro, como si no existiera la cuarentena.

Disfruté mirando las copas de los árboles desde abajo, los que aún tienen hojas. Coníferas verdes, fresnos amarillos. Caminé sobre las hojas caídas. No tengo recuerdo de un otoño tan precioso.

De regreso, un patrullero rompió el silencio con un altavoz instando a no salir de las casas, como en las películas de ciencia ficción.

¿Qué día estamos transcurriendo? ¿Desde cuándo hay que contar? Creo que no voy a seguir contando, en ninguna acepción del contar. La vida sigue sucediendo, aún sin nosotros y con más silencio, sólo un poco.







 

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